
Museo Guggenhein
Tomando la vital calle Iparraguirre, que cruza Bilbao diagonalmente, se llega de manera fácil a la entrada principal. Lo primero que sorprende a la llegada son las grandes escaleras que se han de bajar para tener acceso al vestíbulo principal. Esto es debido a que el edificio se encuentra dieciséis metros por debajo de la cota de la ciudad, de manera que sus cincuenta metros de altura no sobresalen en exceso de su entorno urbano.
Pasado el vestíbulo aparece un atrio central, que será el eje principal alrededor del que se proyectan los tres niveles de galerías del edificio. Destaca el lucernario en forma de flor que corona el atrio y la terraza a la que se accede a través del mismo. Ésta está cubierta por una gran marquesina y de su fachada posterior nace una rampa de escaleras que conduce a la torre, elemento de conexión con el puente de la Salve.
En total diecinueve galerías: diez ortogonales y nueve completamente irregulares. Entre ellas se comunican a través de torres de escaleras mediante curvos pasillos que semejan una especie de carreteras verticales, o por medio de ascensores cubiertos de paneles de titanio que evocan las escamas de un pez. En el museo se suceden diversas exposiciones, pero también existe una colección permanente; son ya parte inalterable del recinto las obras instaladas en el exterior, así como otras que decoran espacios específicos y que fueron encargadas a importantes artistas contemporáneos. Muestra de ello son las columnas de Holzer en la sala ciento uno; la escultura Serpiente de Richard Serra, basada en enormes muros inclinados y oblicuos; y la tierna mascota de Jeff Koons, o la araña metálica de Bourgeois, ambas ubicadas en zonas del exterior.
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